-No soy feliz- dijo el hombre que recostado en el cabezal de la cama se preparaba para dormir.Lo oscuro de su habitación hacia que el rojo incandescente del cigarro en su mano se viera como un fuego lejano en la silente y solitaria campiña en la que vivía.
Era tan silenciosa su habitación que podía escuchar el sonido de su propio parpadear, tan silenciosa que no estaba seguro de si el hecho de oír el chasquido confuso de sus ojos al abrirse después de cada pestañeo era real, o si era simplemente causa de que silencio proveniente de los campos llenos de mieses, ese silencio abrumador que lo rodeaba le hacía creer que podría escuchar hasta el más exiguo de los ruidos.
-No soy feliz- repitió el hombre que sin distinguir más que un montón de siluetas insinuadoras, era capaz de recordar hasta el más mínimo de los detalle; los libros amontonados en el escritorio, la biblia con el separador en el Salterio, las colillas amontonándose en el piso, la botella de vino desabrido a causa de permanecer destapada y que noches atrás le había achispado al tomarlo sin reserva en la jícara llena de boquetes, incluso la taza del café que bebió en la mañana parecía destellar ocasionalmente desde la mesita en el centro de su habitación.
Hacía un poco de frio, así que lentamente se metió entre la cama y acto seguido se apresuró a cobijarse con el anticuado pero cálido edredón con olor a benjuí sobre el que minutos antes había estado indagando. En su testa se marcó una arruga a causa del mohín que hacia al preguntarse cómo era posible llegar a este punto de indiferencia absoluta hacia la vida. Hacia unos 8 meses que había muerto su esposa, y aunque naturalmente esperaba que el óbito de su compañera le afectara, habían pasado casi 8 meses y el aun no encontraba tranquilidad, incluso los bocados de exquisitas comidas preparadas por su fámulo, bajaban por su gola más por costumbre que por gusto.
Él sabe la causa, la sabe pero no está dispuesto a expiar lo vulgar de su culpa, Pablo había conocido a Sofia hacia unos 8 años en una reunión en la que su padre era invitado de honor del padre de Sofia. Fue amor a primera vista, fugaz y desinteresado, solo candor y caricias, ella un mar de besos por él, y el un audaz adulador haciéndola desfallecer con cada una de sus palabras.
Pasaron los años y una noche lluviosa en que Pablo volvía de trabajar distinguió desde los amarantos contiguos a los balaustres del porche una silueta acompañada del lento sube y baja del rojo vivo e hipnótico un cigarrillo, era Sofia y aunque fue el mismo quien le enseñara a fumar, ahora le parecía de los más despreciable y grotesco ver a tan fina criatura dejarse seducir por placeres tan vulgares.
Sofia mira desde el balcón del tercer piso de la vetusta pero siempre hermosa casa colonial que su padre les dio como regalo de bodas, toda blanca con mascarones vigilando desde alto, y con arreglos decorativos en ébano; como el del rellano de la escalera, era una casa digna de la nobleza, y seguramente lo fue.
Pablo caminó hasta el tercer piso. No se molestó en encender ninguna luz, sus ojos sólo demostraban la más profunda indiferencia, como si fueran los ojos de un ciego, incapaces de expresar alguna emoción, eran unos ojos sin vida. Cuando llego al balcón la vio, 2 botellas de vino vacías, una caja de cigarrillos provenientes del Cairo, los ojos de su esposa antes magnéticos ahora estaban vacíos, ella le saludo, con su aliento amargo, y el correspondió aunque no de la manera más cariñosa. Después de una corta conversación Sofia, quiso encender otro cigarrillo.
-Dámelos, insistió ella jalándolos con fuerza.
-No jodas, pareces un cenicero- Grito pablo con los ojos eyectados de sangre.
-Qué me los des- le repitió- clavando sus finas uñas en las manos de pablo.
Ante el dolor pablo soltó de manera instantánea los cigarrillos, quizá fue elalcohol, en sus venas, quizá fue el piso húmedo del balcón, quizá mala suerte, o incluso el designio de Dios. Pablo suelta los cigarrillos de inmediato, Sofia resbala hacia atrás, con tan mala serte que cae al pórtico y muere. No hubieron caricias, ni besos, tampoco palabras de amor. Su muerte fue tan rápida como absurda.
De repente las reminiscencias de Pablo fueron interrumpidas por un ruido, desde su cama oía como algo daba arañazos en su puerta, no se detenía, no paraba, al contrario cada vez se hacía más fuerte. ¿Sería acaso su esposa fallecida?, su respiración se agito, su corazón despertó del letargo y ahora era como un como un motor a toda marcha. Pasaban los minutos, y el arañazo parecía ser preludio de un último encuentro.
Pablo dirigió la mano derecha al escapulario en su pecho, intentaba rezar pero las palaras no le salían, sencillamente estaba demasiado asustado para recordar cualquier palabra, la idea de que detrás de la puerta estuviera Sofia, bastaba para que se le nublara cualquier intento de racionalidad. El arañazo se detuvo, y por un momento casi parecía que todo había acabado, y de repente, intentos torpes de abrir la puerta, era casi como si alguien jugueteara a medio girar la perilla desde afuera. El sudor recorría su testa abundantemente, Pablo antes incrédulo, ahora sentía el corazón en la boca. Finalmente el ruido del pestillo retrocediendo, le indico a Pablo que la puerta finalmente se había abierto, sus ojos abiertos todos desorbitados, su mandíbula desencajada, y su corazón finalmente cede al agotamiento…
Después; unos ojos brillantes como los del demonio y un solo sonido; –Miau.
lunes 28 de marzo de 2011
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1 DIVAGACIONES:
Ya extrañaba leerte.
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